Ojo de Mujer - Un olvido muy temprano


      

por Mónica Zalaquet

Artículo de Confidencial - Semanario de Información y Análisis. Edición No 119/Del 15 al 21 noviembre de 1998. Confidencial es una publicación de Productora de Medios Asociados INVERMEDIA.


      

Mientras las aguas vuelven a su curso en los campos, en las ciudades comenzamos a sumergir la mente en la rutina navideña, a dejar atrás el amargo sabor de la desgracia y a olvidar demasiado pronto la tragedia de esos campesinos que a fin de cuentas, siempre han vivido en la marginación.

El huracán Mitch evidenció que en Nicaragua no sólo existen los dos países retratados certeramente en las caricaturas de Manuel Guillén: el de los miserables de la ciudad y el de sus prósperos habitantes, y también el ignoto país de los habitantes rurales, del cual nos enteramos sólo en caso de sequías, desastres o insurrección.

Esta fragmentación de mundos se corresponde bien con las dos economías existentes: la muy publicitada del mercado externo y los grandes capitales, y la silenciosa del pequeño productor de alimentos, heredero del mundo indígena, cuya desmerecida actividad resulta sin embargo indispensable para nutrir a los nicaragüenses, estabilizar los precios de la "canasta básica" y defender los salarios frente a las constantes devaluaciones de la moneda.

En Nicaragua la tragedia fue de todos, pero mucho más de unos que de otros, mucho más de los pobres que de los ricos; y más del campesino que de cualquier otro sector. Los cinco mil o seis mil muertos, ochocientos mil afectados y las 40 mil viviendas destruidas o dañadas, se concentran en los pequeños poblados del Norte, Occidente y de la Costa Atlántica, territorios remotos de los que apenas tenemos noticias en los medios de información.

Tengo la impresión de que muchos quedaron sorprendidos al comprobar su enorme dependencia del mundo rural, cuando de la noche a la mañana encontraron los mercados desabastecidos de verduras, los granos escasos y carísimos y a millares de comerciantes sin saber a qué atenerse. Hasta entonces, quizás, descubrieron que detrás de su diario gallopinto estaban los damnificados de ahora, gentes cuyas comunidades ni siquiera conocían, y de cuyos nombres se enteraron por primera vez cuando los hizo famosos la devastación.

Y en esos momentos, cuando aún no llegaban las provisiones que apuradamente vendió Costa Rica, distinguimos nuestro rostro de país rural, escondido bajo la imagen de las hamburguesas y pizzas que insisten en vendernos la publicidad, el rostro de maíz y de frijol de los campesinos y campesinas que nos alimentan, y que ahora están sumidos en el abandono y la desolación.

En situaciones como ésta, las ficciones desaparecen y las realidades emergen crudas y descarnadas. Desaparece esa ficción de urbanismo y cosmopolitismo forzado que nos impone un concepto excluyente y exrtranjerizante de prosperidad, y aflora la fragilidad de nuestra economía campesina. Se esfuma el jolgorio permanente con que algunos celebran un crecimiento económico de cifras y aparece la triste realidad de una masa inmensa de pobladores marginados.

Quizás fue el haber vivido tanto tiempo en la ficción lo que hizo tan grande la pérdida de sentido de realidad de los sectores gobernantes, y tan difícil y aparatosa su aceptación de las magnitudes apocalípticas de la tragedia. Quizás fue el hecho de vivir en dos mundos distintos, el motivo por el cual todavía no aceptan la gravedad de los hechos, y otros se preguntan cómo es posible que aquéllos se nieguen a ver las realidades.

Quizás fue la embriaguez del poder, ese distanciamiento de las vidas de tantos nicaragüenses, ese creer solamente lo que nos dicen los incondicionales, lo que hizo minimizar los hechos al extremo de hacer exclamar a la dolida vicealcaldesa de Posoltega: "Si no fueron perros los que se murieron, sino nuestros familiares".

Porque no fueron perros -terrible tener que aclararlo-, sino campesinos los que murieron, esos ciudadanos que han sido considerados a lo largo de la historia como "gente de tercera" en nuestros países, gente que en la escala de valores de cierta mentalidad criolla y vergonzante pertenecen a un nivel demasiado inferior para darles tanto crédito, para llorarlos mucho, para suspender las fiestas navideñas y promociones escolares, o alterar la rutina de gente blanca, civilizada y educada, que pasa la tormenta a buen resguardo.

Pero esa mentalidad, más generalizada de lo que desearíamos creer, es la que apagó tan pronto el piripipí de las radios, la que puso en su lugar música romántica y anuncios de ofertas navideñas, la que va desdibujando el horror, para reemplazarlo por otras más domésticas preocupaciones. Porque la vida sigue igual en las ciudades, aunque en el campo se haya suspendido, y las angustias del campesino que se despierta pensando qué hará para sobrevivir, vuelve a ocupar el alejado sitio que normalmente tiene en la jerarquía de intereses que reina en la Nación.

No pretendo cuestionar la humana tendencia a recobrar la normalidad después del caos, ni tampoco menospreciar la solidaridad y el apoyo desinteresado que tantos nicaragüenses de las ciudades brindaron generosamente a los afectados en el campo. Pero es inevitable constatar con tristeza que si las víctimas del aluvión de Posoltega hubiesen sido habitantes de una colonia capitalina, es muy posible que el duelo, el respeto, y el sentimiento de pérdida, no estuviese desapareciendo tan pronto, y en vez de ocuparnos de las navidades, estuviésemos actuando más en correspondencia con la situación.

Si algo bueno puede dejarnos este desastre, es la posibilidad de cuestionar a fondo esa mentalidad inhumana y antipatriótica, que si bien se explica como heredera de la estrecha visión criolla que nos ha gobernado por siglos, atenta ahora contra la atención de emergencia que requieren esos hombres, mujeres y niños, que como humanos en nada se diferencian con los demás nicaragüenses, aunque sean mestizos, desvalidos e iletrados.

Ha llegado el momento de cuestionar a fondo esa mentalidad equívoca que pretende levantar una economía orillando al grueso de los habitantes, esas consideraciones acerca del crecimiento que nos dan envolturas de riqueza con multitudes paupérrimas, esas visiones de progreso que por un elitismo absurdo no toman en cuenta la fuerza y potencialidades que representan para el desarrollo de un país rural como el nuestro, los pequeños productores del campo.

Esta tragedia constituye la oportunidad de entender que no podremos desarrollarnos mientras no comprendamos que esos campesinos y campesinas afectados por la tragedia, y también por un olvido de siglos, constituyen un sector clave para el crecimiento y la estabilidad económica y social del país, un sector realmente prioritario para cualquier plan de reconstrucción, y que no son sólo los simpáticos adornos de nuestras postales y nuestro folklore.

Si el huracán Mitch hundió a muchos, también sacó a flote la miseria que estas concepciones han sembrado en el país, originando innumerables guerras y afectando las vidas de demasiados habitantes de las ciudades y el campo. El errático huracán desenmascaró lo escandalosamente desatinado y execrable de ese criollismo enquistado en nuestro inconsciente político, criollismo incapaz de ver en las gentes sencillas y trabajadoras a seres con los mismos derechos ciudadanos que los otros, visión segregadora que al amenazar con el olvido a tantos nicaragüenses, está atentando más que cualquier desastre natural contra nuestra población.

CONFIDENCIAL Edition du 15 au 21 novembre


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