Después de Mitch:   dilemas del futuro


      

por Carlos F.Chamorro

Artículo de Confidencial - Semanario de Información y Análisis. Edición No 120/Del 22 al 28 noviembre de 1998. Confidencial es una publicación de Productora de Medios Asociados INVERMEDIA.


      

La magnitud de la destrucción provocada por el huracán Mitch en Centroamérica ha generado un rápido consenso entre los formuladores de políticas en la comunidad internacional. Se afirma que más allá de la etapa actual de emergencia se requerirá un proceso de rehabilitación económica a largo plazo, para que estos países recuperen el nivel de desarrollo en que se encontraban antes del huracán.

Tomando en cuenta las estimaciones preliminares de daños económicos en los países más perjudicados, 4,000 millones de dólares para Honduras y 1,500 millones para Nicaragua, se pronostica que les tomará al menos veinte años para compensar el atraso provocado por el desastre, siempre y cuando consigan un flujo de ayuda externa extraordinario. Sin embargo, el dilema que los centroamericanos debemos enfrentar es si vale la pena asumir el sacrificio de las próximas décadas para regresar a los niveles de "desarrollo" de 1998, o si esta vez tendremos la visión de diseñar un futuro mejor y el coraje de construirlo.

Junto con Haití, Nicaragua y Honduras ocupan los últimos lugares en los niveles de pobreza en el hemisferio. No obstante, el discurso oficial sostiene que Nicaragua estaba a punto de despegar económicamente, al lograr índices positivos de crecimiento durante tres años consecutivos, luego de un período de dolorosa recuperación de postguerra. Esta percepción es altamente debatible. Aunque el comportamiento de ciertas variables macroeconómicas indicaba señales de optimismo para sectores empresariales selectivos, la desigualdad de oportunidades económicas implícitas en el modelo de ajuste y su entorno político, hacía menos promisorio el futuro para todos. Peor aún: no existe una respuesta a corto o largo plazo frente al explosivo problema de la exclusión social.

Mientras tanto, en Honduras, desde que se acabó el millonario subsidio económico que recibía por su apoyo a Estados Unidos durante la guerra antisandista en los ochenta, el proceso de crecimiento se estancó. Durante los noventa, el resultado se redujo a un proceso de estabilización con alto costo social y alto endeudamiendo externo.

Paradójicamente, el huracán puso punto final a esa discusión bizantina sobre el supuesto despegue de Nicaragua y Honduras, pero aún está por verse si nos permitirá resituar el debate sobre el paradigma de desarrollo.

Mitch fue sin duda un fenómeno natural extraordinario, y el curso de su desarrollo resultó hasta cierto punto inesperado. Pero también es innegable que sus efectos destructivos se vieron magnificados por la vulnerabilidad del tejido social de sus víctimas. Tres tipos de fragilidades estructurales quedaron en evidencia al escampar las lluvias:

Primero, la del Estado "facilitador" reducido al mínimo en sus funciones tras casi una década de severo ajuste estructural y discurso anti-Estado. Como era previsible, el Estado no estaba preparado para enfrentar el desastre natural, pese a que en el pasado estos países han sido azotados por huracanes, terremotos y maremotos. Pero, además —como lo reconoció dramáticamente el mandatario hondureño, Carlos Flores—, el Estado ha sido lesionado severamente en su capacidad de organizar la reconstrucción.

Segundo, Mitch mostró la distancia entre el acuerdo regional que proclama la Alianza Centroamericana sobre Desarrollo Sostenible y la realidad. Entre la retórica que proclama la modernización económica y el tipo de agricultura de exportación que alimenta el círculo vicioso pobreza rural-deforestación. Como han señalado los expertos, el despale indiscriminado ocurrido en los ultimos años —producto de la falta de regulación de la explotación forestal y sobre todo del crecimiento de la frontera agrícola— contribuyó al violento deslave de los cerros y a las inundaciones en las zonas bajas.

Y, tercero, como lo demuestra especialmente el caso de Nicaragua, hemos sido testigos de otra calamidad, la política, ante la incapacidad de los liderazgos partidistas de unir al país en medio de la máxima tragedia.

Cualquier mirada hacia el futuro, por lo tanto, debe tomar en cuenta que el punto de partida anterior a Mitch acarreaba graves distorsiones. Los líderes centroamericanos y su contraparte en la comunidad internacional tienen la responsabilidad histórica de debatir con creatividad las opciones futuras. El pasado ya nos enseñó amargas experiencias tras los desastres naturales del terremoto (Managua 1972) y el huracán Fifí (Honduras 1974). En ambos casos, la ayuda internacional recibida, bajo el enfoque exclusivo de reconstruir proyectos de infraestructura física, quedó atrapada en un esquema de corrupción y repartición de "oportunidades" para los allegados al poder. Si queremos que el futuro sea diferente, no sólo hay que aprender de las lecciones del pasado —adoptar medidas estrictas para evitar la corrupción— , sino, además, enfrentar el porvenir con una visión innovadora. ¿Por qué no aprovechar la crisis para revisar a fondo una estrategia de desarrollo, que de todas maneras no estaba funcionando bien?

En las próximas semanas, en Managua, Tegucigalpa y Washington, se discutirá el futuro de la reconstrucción de Centroamérica. He aquí algunos dilemas que inevitablemente tendremos que encarar:

Condonación de deuda a cambio de desarrollo.

El perdón de la deuda externa solicitado por Nicaragua y Honduras plantea una interrogante de fondo sobre el destino de los fondos que serán liberados así como el nuevo flujo de recursos concesionales solicitado. No basta proclamar la necesidad de preservar la estabilidad macroeconómica. Esta es condición necesaria pero no suficiente para promover la inversión privada y el crecimiento con equidad. Lo que falta es una propuesta de desarrollo, a cambio de la condonación de la deuda, que incluya no sólo las prioridades de reconstrucción sino las reformas socioeconómicas e institucionales necesarias para lograr un desarrollo que sea sostenible en el futuro.

El rol de las instituciones nacionales

Cualquier esfuerzo de largo plazo sólo puede sostenerse si descansa sobre un tinglado institucional sólido, enraizado en las estructuras sociales, políticas y económicas de nuestros países. Se necesitan pactos sociales duraderos, no recetas técnicas impuestas por las instituciones multilaterales o acuerdos de salón, para que los compromisos nacionales sean creíbles, perduren y no sean drásticamente alterados por los gobiernos de turno. De ahí que Nicaragua debe ofrecer señales inequívocas en torno al fortalecimiento institucional de la Contraloría, el sistema electoral y judicial —instituciones cuyo profesionalismo está hoy amenazado por el pacto bipartidista en ciernes—, y a la institucionalización de nuevas instancias como el anunciado Comité Nacional de Reconstrucción.

Adicionalmente, hay que adecuar otras instituciones gubernamentales a la tarea de promover el desarrollo. Por ejemplo, ¿debe seguirse cuestionando la existencia y razón de ser del Ejército Nacional, o podemos aprovechar esta coyuntura para continuar adecuando sus funciones a las tareas del desarrollo: protección de recursos naturales, apoyo a infraestructura de desarrollo rural?

"Accountability" internacional y nacional

El reforzamiento del patrón ya existente de alta dependencia en la ayuda externa plantea un dilema adicional sobre la función del Estado. Se requerirán mecanismos de rendición de cuentas del Estado ante la comunidad de donantes internacionales, pero sobre todo ante la comunidad nacional, si es que la sociedad civil participará con derecho propio en el proceso de reconstrucción. Esto último implicaría promover reformas políticas para crear mecanismos participativos y de control desde la sociedad civil; reformas cuya necesidad hoy está siendo ignorada por la tendencia hacia el pacto libero-sandinista que aspira a congelar el bipartidismo y repartirse cuotas de poder.

Un Estado responsable

Ciertamente, se necesita un Estado capaz, responsable, fiscalmente sano, y sobre todo articulado con los gobiernos locales y los territorios. La emergencia evidenció la débil presencia del Estado en el territorio y el abandono de los ciudadanos más desprotegidos. Hoy más que nunca urge reexaminar el rol del Estado. La tarea de adecuarlo y capacitarlo para que esté en capacidad de responder a las demandas ciudadanas post-huracán, amerita redefinir las prioridades de la cooperación internacional.

Reforestación y economía campesina

Se requieren incentivos para programas de reforestación a largo plazo con apoyo internacional y planes nacionales de ordenamiento territorial, para evitar una mayor degradación de los suelos en el futuro. Pero sobre todo urge una decisión estratégica de reforzar y reestructurar la economía campesina y hacer realidad el giro hacia una política económica pro rural. La creación de polos de desarrollo rural es crucial para evitar una migración masiva del campo a la ciudad y al exterior. De manera que los productores rurales medianos y pequeños, deberían convertirse en un sujeto privilegiado del esfuerzo de reconstrucción, no sólo por el daño que sufrieron sus cultivos, sino porque poseen el potencial para convertirse en un eje económico y social de estabilidad.

Honduras y Nicaragua tienen hoy una oportunidad singular. En un mundo caracterizado por una tendencia de ayuda externa decreciente, se ha abierto una ventana extraordinaria de cooperación gracias a la solidaridad que ha generado la catástrofe. Ahora que al calor de la crisis asiática se revisan los paradigmas de desarrollo en crisis, tenemos la posibilidad de participar con voz y voto en la búsqueda de una nueva ruta. Mucho dependerá de la fortaleza de los consensos nacionales que se logren, para negociar adecuadamente con la comunidad internacional. Sin proyectos nacionales convincentes, será más difícil sostener la cooperación a largo plazo ante la demanda de otras regiones del mundo. En este sentido, el reto planteado no es técnico sino eminentemente político.

El camino más facil es depender de la ayuda externa para reconstruir el pasado. El desafío de mirar hacia adelante, en cambio, implica explorar un nuevo tipo de relación con los donantes internacionales para alcanzar un nuevo tipo de condicionalidad, a cambio de la ayuda y el perdón de la deuda, para que las reformas y el desarrollo se conviertan en un sustituto permanente de la violencia y la exclusión.

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